25/2/13

Miles de billones de trillones de eternidades


Desde la profundidad, camuflada y escondida, huyendo de mis demonios y de mi misma. Mi otra yo era muy poderosa, llena de odio y poder, de rencor y venganza. Siempre estaba en el centro del circulo que formaban mis enemigos y con una espada cortaba sus cabezas, dando una vuelta, rápidamente. Su sangre creaba los ríos de los que bebían mis demonios.

Mi yo esclava quería huir. Sabía que eso no era bueno, que debía ascender. Pero ella me odiaba y me tenía encerrada. Odiaba que no comprendiera las atrocidades que ocurrían en su reino. Así que traté de morir, si moría ella también lo haría y el infierno se desvanecería. Pero el sacrificio nos enfrentó. Luchamos durante una eternidad, derramando la misma sangre. Ella reía llamándome débil y gritando que nunca saldría de allí.

Pero un demonio me ayudó a escapar, con la condición de no revelar nunca la entrada al infierno. Durante años escalé paredes hasta que un día logré salir a la superficie.

La entrada se cerró, la tierra y las piedras volvieron a su lugar. Pero para salir del territorio tenía que atravesar una interminable maraña de espinas. Imaginaba que estaba cogiendo moras y que tras arañar todo mi ser con el zarzal gigante, las encontraría.

Lo que encontré fue un pozo. Era un pozo inmenso, habría tardado siglos en rodearlo, pero cuando me di cuenta ya estaba cayendo en su interior. La caída fue muy lenta, o a lo mejor era muy rápida y no lo sabía porque no llegaba nunca a ningún sitio.

No sabía si iba a caer en agua o en piedras, así que mientras pensaba de que manera iba a morir, caí en un cubo gigante. El cubo era como muchos campos de fútbol pero circular, claro. Y tenía un asa muy grande, era como un arcoiris en gris. Y estaba sujeto a una cuerda, pero como era todo muy grande la cuerda parecía la trenza de un vikingo gigante. En el fondo había una gota de agua, también gigante, pero no muy gigante, era como un lago gigante y había una libélula gigante bebiendo.

La libélula me dijo que sólo podía llevarme hasta el asa del cubo, porque más allá del cubo estaba el espacio y pensaba que su cabeza iba a explotar o que una estrella fugaz rompería sus alas.

Yo no creía que el espacio estaba dentro de un pozo, pero era un pozo gigante así que me lo creí. Ya no iba a salir de un pozo, sino que iba a ser una valiente astronauta. La libélula estaba emocionada y me pidió que ordenara y juntara las estrellas, que no entendía como el espacio podía tener tantos huecos.

Se lo prometí y me llevó volando hasta el asa del cubo mientras yo pensaba como iba a mover el sol sin quemarme los dedos. El asa no era nada divertida, se me escurrían los pies y casi me caigo novecientas noventa y nueve mil millones de veces seguidas sin parar para respirar.

Conseguí llegar al nudo de la cuerda y descansar un rato. Y luego me agarré fuerte y comencé a subir. Me pareció una eternidad. La cuerda me quemaba los brazos y las piernas, pero tenía que seguir subiendo para organizar el universo. Ya no me gustaba el caos del infierno y del espacio. Un día abrí los ojos mientras dormía agarrada a la cuerda y vi muy muy lejos la Tierra. ¡Había atravesado el universo durmiendo! y ahora tenía que bajar y organizarlo.

No fue nada fácil, la Osa Menor no quería estar con la Osa Mayor porque decía que era una mandona, Plutón estaba disgustado con los demás porque le expulsaron del club de los planetas, la Luna era vergonzosa y no quería mostrar su otra cara y había muchos problemas. Todas las estrellas se llevaban mal y además no tenían forma de estrella y eso me enfadó mucho. Así que me senté en un anillo de Saturno y a gritos dije a todos que si no se juntaban y formaban un bonito manto blanco se iban a la cama sin cenar. ¡Cómo se pusieron!, volaron muy rápido y se apelotonaron, pero como ya era muy tarde no cenamos, además yo no tenía una cocina y no sabía lo que comen en el espacio. Volví a subir mientras dormían y cuando agaché la vista vi una inmensidad radiante cubriendo todo el radio del pozo.

Ahora veía la Tierra otra vez. Pero estaba muy lejos y no sabía como llegar al otro lado. Y ahí estuve quién sabe cuánto agarrada a la cuerda pensando que me iba a morir allí y caería y rompería el manto de estrellas y la libélula se enfadaría y me ahogaría en el lago.

Era todo muy dramático. Era tan dramático que todas las tardes me rodeaban pájaros creyendo que era un teatro ambulante. Así que un día después de mi teatro hablé con un pájaro, dije que mi obra debía continuar al otro lado pero no podía llegar porque no sabía volar y entonces no podría actuar nunca más.
Y el pájaro muy apenado me dijo que me llevaría al otro lado, pero era un lío porque el pozo era un círculo y no tenía lados.

Tardamos mucho tiempo en resolver el tema de los lados del pozo. El problema dio la vuelta al mundo y vinieron ilustres personajes y curiosos y hasta unos extraterrestres y un burro.

Un búho profesor de una universidad muy prestigiosa de un bosque muy lejano expuso una teoría fantástica que consistía en sentarse a esperar a que el pozo madurara y se convirtiera en un cuadrado. El pozo se ofendió y dijo que era más mayor que todos nosotros y que provenía de un clan muy antiguo de pozos gigantes.
Los mapaches dijeron que lo mejor era construir un tirachinas y lanzarme. A todos nos gustó la idea y queríamos ser lanzados al otro lado, pero no sabíamos a cual.

Entonces una bombilla muy grande apareció, era una gran idea y abrimos mucho los ojos, como tardaba en hablar se nos secaron, pero nos pellizcamos para humedecerlos.

Estuvimos mirando a la bombilla un mes. Hasta que el último día nos dio una factura, se apagó y se marchó. Nadie quería pagar y tampoco teníamos dinero.

Un día se acercó un señor en un globo. Sacó un montón de cuerdas y se puso a dar órdenes. Tres días después no se veía el pozo porque estaba todo lleno de cuerdas de un sitio a otro. Y entonces empezó a quitarlas y vimos un cuadrado. ¡Un cuadrado con lados!

Nos pusimos muy contentos y elegí uno de los lados. El pájaro me llevó hasta allí e hice mi última función.

Había pasado tanto tiempo en el pozo que ahora no sabía qué hacer. Andaba y no llegaba a ninguna parte. Un día llegué a un cruce. No sabía que camino tomar así que fui hacia la derecha. El camino era cada vez más estrecho y tenía muchas piedras, me dolían los pies y no había nadie. El cielo también empezó a encoger y no veía nada con las nubes. Y empecé a llorar y las nubes lloraron conmigo. Lloramos tanto que el agua me arrastró y me hizo volver atrás. Y el agua paró y cuando abrí los ojos estaba sentada en el cruce frente a unos cuervos que no dejaban de mirarme.

Uno quería arrancarme los ojos, cuando conseguí librarme de él todos se habían ido.

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